Los movimientos sociales transmodernos (Segunda y última parte)

Por Nohemy García Duarte


Vivimos en un mundo lleno de incertidumbre, de cambios constantes y vertiginosos a los que nos cuenta trabajo adaptarnos si no pertenecemos a la generación de los millennials o aún a grupos más jóvenes. La versatilidad de los avances tecnológicos está presente en todos ámbitos del quehacer humano y ha transformado las rutinas laborales y de convivencia, sin que ello haya dado lugar a un mayor bienestar y desarrollo de las sociedades. De ahí que los movimientos sociales hayan inundado las calles y plazas de cientos de ciudades del orbe desde el fin del siglo XX y el arribo del XXI.

Las preocupaciones de los inconformes con el statu quo, más conocidos como “indignados” son múltiples, van desde el ámbito de lo político-económico hasta lo ecológico, lo cultural y lo familiar. El malestar social es amplio y diverso en los tiempos de hoy y, según nos dice Mauricio Guzmán en su texto El malestar social en la transmodernidad. Estructura y acción social en la sociedad de la incertidumbre (editorial Bonilla Artigas, 2020), ha dado lugar a una caracterización diferente y novedosa de la acción colectiva que la distancia de los movimientos sociales típicos de la modernidad.


La interpretación sociológica que nos brinda este autor respecto a los movimientos sociales propios de las sociedades transmodernas destaca que éstos responden a modalidades de acción distintas a las tradicionales. La forma de relacionarse internamente es de tipo informal, esporádica y horizontal; en tanto sus acciones de vínculo con otros movimientos o grupos sociales atienden al marco legal y a la opinión pública del entorno en que se expresan.


Otro de los aportes de esta investigación teórica y práctica de Guzmán Bracho es la identificación y caracterización de los movimientos sociales contemporáneos transmodernos, con base en un minucioso análisis que realiza de quince casos representativos: Solidarnösc (1980 – 1990), Tian’anmen (1988), Berlín (1989), Chiapas (1994), Seattle (1989), Sahara Occidental (2010), Túnez (2010), Egipto (2011), España (2011), Grecia (2011), Chile (2011, Estados Unidos de América (2011), México (2012), Italia (2013) y Brasil (2013).


Para este sociólogo, los movimientos sociales de la transmodernidad se pueden agrupar en diez grandes tendencias: responden a identidades referidas a la sociedad civil; se integra por sujetos con un acentuado sentido grupal y solidario; se organizan con base en estructuras complejas; buscan transformar a la sociedad desde el reconocimiento del conflicto permanente; transitan de la esfera política a la social y participan en ambas de manera natural; se interesan por incorporar criterios de efectividad social y de estrategia política; recuperan y actualizan valores ilustrados para la construcción de una sociedad incluyente; son heterogéneos en cuanto a sus perfiles identitarios y a sus estrategias de acción discursiva; el malestar social es su motivación para la acción por cambios estructurales; y finalmente, revaloran la interacción cotidiana y el ámbito cultural como espacios de acciones simbólicas.


La conclusión más relevante implícita en este repaso de los movimientos sociales actuales es la que Mauricio Guzmán expresa como un cruce dilemático, es decir, optar por un “mundo donde prive la razón humanista, la razón crítica y el futuro común o un mundo donde prevalezca la razón instrumental, el ensimismamiento y el presente. Utopía o distopía: sueños de la razón o porfía de la sinrazón”. Esta es la cuestión