Ucrania, Rusia y la guerra que todos vamos a perder

Por Carolina Estrada


Aunque nos cueste entenderlo, o más bien: aceptarlo, la ideología es una respuesta a algo mucho más sencillo que el complejo mundo de las ideas. La ideología es una forma de revestir las necesidades económicas de los países porque, si un país tiene una necesidad específica, lo lógico es que lo que digan sus líderes sirva para justificar el manejo de sus recursos e incluso sus acciones políticas y sociales. Tomemos como ejemplo el fascismo o nacionalsocialismo alemán. Después de la Primera Guerra Mundial, Alemania enfrentó una serie de costos y multas internacionales que mermaron su economía a tal punto que sus ciudadanos no sólo lo padecieron, sino que se volvieron un blanco muy fácil de la ideología. Porque cualquiera que sufra necesita consuelo, necesita la esperanza de que su vida puede cambiar y esa es la labor de la ideología. Así, al decirle a los alemanes que el problema no era ellos sino los otros, que su nación era fuerte pero que otros, ávidos de su riqueza y de sus recursos, se habían aprovechado de ellos, la esperanza comenzó a brillar en los corazones de los necesitados que así se tornaron más abiertos a apoyar ideas y acciones que les confirmaran y les dieran respuesta a sus necesidades. De tal forma que si la economía, al cerrarse, al incautar y al castigar a los culpables, comenzaba a beneficiarles, no habría problema en justificar el exterminio y la barbarie.

Así que sí, la ideología es también una forma de huir de la necesidad de explicarle a nadie que el dinero y no las personas son lo más importante para cualquier político. Cuando Putin dice que invadió Ucrania porque quiere acabar con el nazismo, sabemos que en realidad no busca defender a los ucranianos, que para él son también rusos -¿qué sentido tiene defenderlos si por otra parte está bombardeándolos y dejándolos sin hogar?-, lo que en realidad busca es proteger lo que él considera que le pertenece: la influencia de Rusia sobre el territorio que la OTAN comienza a ganar. Y del otro lado, cuando la OTAN se posiciona en contra de las acciones rusas enarbolando la bandera de la democracia y la libre determinación de los pueblos, lo que en realidad ampara es el interés territorial y el posicionamiento geológico que le da contar con aliados en esos territorios. Pero vayamos más allá: lo que se busca hacer valer no es la libre autodeterminación de los pueblos, sino ganar territorio, ganar posicionamiento porque con el posicionamiento vienen los recursos que son el principal motor de cualquier país.


Detrás de los políticos están todos aquellos que manejan el dinero. A veces un político es también quien maneja el dinero, pero, como pasa aquí mismo en México, donde también se libra una guerra con todo y paredones de fusilamiento, el dinero no siempre está dentro del sistema económico formal de cada país. Lo cual no significa que no sea el verdadero poder del país.


El manejo de los recursos es lo que define qué se va a decir para conseguir apoyo, para legitimar las acciones de quien está al frente del poder, de quien se supone que representa los intereses de todos. Esta guerra no es una guerra por defender la libertad de las personas -excepto si se trata de magnates petroleros-, es una guerra que persigue un interés económico muy específico y ese interés es el control de los hidrocarburos, la explotación de los recursos fósiles otra vez y por eso, es una guerra “de hombres blancos”, como bien lo expone Eliane Brum.


Rusia es el segundo mayor exportador de petróleo y el mayor exportador de gas natural del mundo. Con el conflicto, el precio del petróleo y gas tiende a aumentar. Además, derivado de las sanciones económicas que los países puedan imponer a Rusia, es inminente un alza inflacionaria dado que el presidente puede utilizar los recursos naturales como arma para reducir el suministro de gas a Europa. Lo que a su vez provocaría que dichos países deban obtenerlo de otros mercados, empujando con ello el alza en los productos agrícolas y otros suministros. Por otro lado, Rusia y Ucrania, llamadas alguna vez “el granero de Europa”, exportan más de la cuarta parte de la producción global de trigo del mundo, una quinta parte del maíz y el 80% del aceite de girasol. [1]


Enarbolando las banderas ideológicas está el interés económico de las naciones. Lo preocupante hoy es que dicho interés sigue centrado en los hidrocarburos, lo cual me lleva a pensar que la verdadera guerra no se emprende entre naciones, sino contra las tecnologías limpias. Me explico: lo que se busca con esta guerra es ganar tiempo para que los hidrocarburos sigan controlando la economía mundial o que se exploten más rápido de lo que lo están haciendo ahora. Putin apuesta por incentivar el uso de hidrocarburos al generar una escalada bélica que centre la atención de los países en dichos recursos porque, ciertamente, al haber escasez hay acaparamiento. Mientras más naciones sigan distraídas o interesadas en contar con suministros energéticos provenientes de los hidrocarburos, menos atención pondrán en comenzar a utilizar tecnologías limpias o en seguir sus programas de sustitución. Parece absurdo, ¿no es cierto? Justo en el momento en que todos los países deberían estar impulsando agendas que le resten poder a los hidrocarburos es cuando más serán explotados, en lugar de comenzar ya los programas de sustitución o darle seguimiento a los que ya existen. Pero, ¿por qué no terminar de una buena vez con esa dependencia?


El desarrollo, uso y adopción de tecnologías de cero emisión lleva tiempo, un tiempo y un impulso que estarán usándose para evitar que se apaguen los motores ahora. Si bien muchos países ya comenzaban a hacer inversiones en energías limpias, desarrollar nuevos dispositivos requiere recursos económicos, ayuda gubernamental, tiempo. Con el alza de precios, los gobiernos deberán utilizar esos recursos para asegurar que la electricidad no se termine, venga de donde venga. Por eso, provocar una guerra que centre de nuevo la atención en los hidrocarburos es una forma de declararle la guerra al verdadero enemigo de quien tiene hoy el poder: las tecnologías cero emisiones.


El panorama es tremendo porque implica que no sólo Ucrania o los territorios aledaños están en peligro, en peligro está la humanidad entera y las consecuencias ya están llegando. El riesgo que implica el uso de armas nucleares es ciertamente muy alto para la humanidad, pero también lo es que la poca reacción política y social que se había logrado ante la crisis climática vaya pasos hacia atrás. El IPCC es muy claro al respecto, “Cualquier nuevo retraso en la acción concertada mundial hará que se pierda la breve ventana que aún existe, pero que se cierra rápidamente para asegurar un futuro habitable”. Esta guerra no sólo está retrasando ese concierto, está aumentando quizá el uso de hidrocarburos, con lo que acelera el proceso de degradación natural que ya vivimos. Así que sí, al declarar la guerra a Ucrania, Putin declara la guerra a la humanidad entera, a la vida en el planeta. Pero quienes se sometan a los dictados de los hidrocarburos seguirán siendo cómplices y hasta impulsores de dicha guerra. Una que difícilmente puede tener algún ganador que pretenda seguir habitando este planeta en el futuro.

[1] Ver: “Rusia invade Ucrania: los 3 principales peligros para la economía mundial de la operación ordenada por Putin”. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/noticias-60515648