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Por Eduardo Higuera


Muchos se sorprendieron cuando nuestra presidenta científica, ambientalista, humanista y primera compañera del segundo piso de la transformación mencionó a Marx en su primer informe presidencial.



Pero no hay de qué alarmarse: la doctora tiene también la gran escuela del pensador judío Julius Henry Marx, mejor conocido como Groucho. Y es que cuando el inmortal Groucho Marx —sin parentesco con Karl ni con el Marxismo-Leninismo— dijo: “Lo malo de hacer sugerencias inteligentes es que uno corre el riesgo de que se le asigne para llevarlas a cabo”, parecía estar pensando en nuestra presidenta, quien pasó décadas proponiendo cómo transformar la Ciudad de México, hasta que llegó a la Presidencia… y ahora debe hacerlas realidad, con los mismos retos, pero en tamaño país.


Fue ahí que entendimos que la verdadera filosofía política de la mandataria no se basa solo en las ideas de Juárez, Cárdenas o López Obrador, sino que también bebe del marxismo hollywoodense Groucho. Mire usted: de “El secreto del éxito se encuentra en la sinceridad y la honestidad. Si eres capaz de simular eso, lo tienes hecho.” No queremos insinuar nada, pero la sinceridad de nuestra presidenta ha sido ejemplar: habla con la convicción de una científica que cree en los datos, aunque los datos a veces no crean en ella. Su discurso técnico, su tono doctoral y su promesa de continuidad con cambio son tan sinceros que ya casi olvidamos cuál de las dos cosas era primero.


Y si de continuidad hablamos, desde la primera conferencia matutina —más corta, eso sí— nos ha recordado que su equipo es honesto, que la corrupción se combate con convicción, y que el Tren Maya ya no deforesta… sino “reforesta con propósito”.


“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.” Groucho estaría orgulloso. La transformación energética que termina con las energías limpias; la defensa del medio ambiente construyendo refinerías; la seguridad pública confiada a una Guardia Nacional cada vez más militar y menos nacional; la digitalización del gobierno que se cae justo cuando uno intenta registrarse en línea… todo un laboratorio de políticas públicas en donde los experimentos son a escala nacional.


“Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros.”


La congruencia sigue siendo virtud escasa, pero el discurso de la presidenta ha perfeccionado el arte del equilibrio: ni ruptura ni sumisión, ni AMLO ni sin AMLO.


Defiende la autonomía del poder judicial, aunque lo critique; defiende la libertad de prensa, aunque la cuestione; y defiende la democracia, aunque el partido la administre. Una tesis viva sobre física política: la superposición cuántica de la continuidad.


“Me gustan mis errores. No quiero renunciar a la deliciosa libertad de equivocarme.”


Y, hay que reconocerlo, los errores también son parte de la ciencia. Como las consultas ciudadanas que no alcanzan participación, los programas sociales duplicados o los megaproyectos que tardan más que una tesis de doctorado. Pero como buena científica, la presidenta toma nota, ajusta variables y repite el experimento.


Por eso, cuando algunos gritan “¡comunismo!”, no hay que preocuparse. En realidad, la presidenta no citó al autor de El Capital, sino al gran cómico que nos enseñó que la realidad puede ser absurda y divertida al mismo tiempo. Y aunque a veces el país parezca una película de los Hermanos Marx, al menos seguimos en escena.

En México, un tema que rara vez sale a la luz con la debida urgencia es el robo de fuentes radioactivas. En los últimos diez años, se han registrado 33 casos de hurto de este tipo de material peligroso, lo que ha activado alertas en los tres órdenes de gobier no y generado preocupación en especialistas por el riesgo que implican para la salud pública y el medio ambiente.


Este fenómeno no ocurre por casuali dad: la mayoría de los robos surgen como colateral del robo de vehículos o herramientas, dado que los equipos que contienen las fuentes radioacti vas (como densímetros o cámaras industriales) se presentan como instrumentos caros o prototípicos. Pero, ¿cuán grave es esta situación? ¿Qué estados concentran más casos?


¿Qué medidas se han tomado y qué tan efectivas han sido? En este artículo exploramos el problema, los impactos y algunas posibles soluciones. ¿Qué son estas “fuentes radioactivas” y para qué se usan?


Antes de entrar en cifras, conviene entender qué se roba y por qué puede ser peligroso: Muchos de estos aparatos son herramientas industriales densímetros nucleares que miden la densidad y humedad en suelos o asfaltos, o cámaras de radiografía industrial para inspeccionar soldaduras y ductos. Internamente contienen cápsulas selladas con isótopos como Iridio-192, Americio-241/ Berilio, Cesio-137, Yodo-131, entre otros.


Su uso controlado es fundamental en industrias de construcción, petroquímica, refinerías y en inspec ción de infraestructura crítica. Si esas fuentes son manipuladas indebidamente o expuestas al ambiente, pueden emitir radiación ionizante (rayos gamma, neutrones, etc.), provocando desde quemaduras en la piel hasta daño en médula, heridas internas o efectos a largo plazo como cáncer. Así, aunque el robo no esté motivado por un propósito de “arma”, el simple desconocimiento de los ladrones puede desencadenar una catástrofe.


Panorama del robo de fuentes radioactivas en México (2015–2025)

Cifras generales


En la última década, se contabiliza ron 33 robos de fuentes radioactivas. De esos, 22 fueron recuperadas, 9 siguen desaparecidas, y en 2 casos no se ha podido precisar el destino. En 2017 y 2023 se concentraron casi la mitad de los casos: 7 en 2017 y 6 en 2023. Otros años con múltiples robos fueron 2018 (4 casos), 2019 / 2021 / 2022 (3 casos cada año). En 2024 se registró apenas 1 robo.


Riesgos y consecuencias del robo Los efectos de estos robos pueden ser severos:


Exposición a radiación: Si alguien abre la cápsula o rompe el blindaje, puede recibir dosis peligrosas en minutos. Las manifestaciones incluy en enrojecimientos, ampollas, necrosis celular, daño ocular e incluso afectación de médula ósea.


Contaminación ambiental: Si el material radiactivo se esparce (por incendio, derrame, manipulación), puede contaminar suelos, agua o instalaciones, obligando a evacua ciones y un proceso costoso de descontaminación.


Crisis de salud pública: Personas que manipulan estas fuentes sin protección pueden tener efectos inmediatos o a mediano plazo. En un escenario grave, puede generarse pánico, sobrecargas al sistema de salud y fuga informativa.


Impactos legales y responsabilidad institucional: Las entidades que empelan o custodian estos equipos tienen la obligación de resguardar las fuentes de forma segura. Si hay negligencia, pueden enfrentar sanciones y demandas.


Casos representativos Un caso ampliamente citado ocurrió el 1 de agosto de 2017, en Nuevo León: ladrones sustrajeron una caja amarilla de la cajuela de un vehículo, que contenía densímetros con dos cápsulas selladas (Cesio-137 y Americio/Berilio). Al percatarse del robo, las autoridades lanzaron una alerta nacional y movilizaron a Protección Civil.


Cuando los responsables fueron detenidos días después, confesaron que incluso habían abierto la caja en su casa sin saber lo que contenía, poniendo en riesgo a su familia.


Otro incidente ocurrió en Hermosillo, Sonora, en febrero de 2023, cuando un densímetro nuclear fue robado de un vehículo entre colonias locales. Finalmente fue recuperado y se pidió a la población no manipularlo. Estos ejemplos muestran que no siempre hay premeditación: muchas veces los ladrones creen robar herramientas caras o cajas valiosas sin saber que contienen material radiactivo. A futuro, si México avanza en su regulación nuclear, vigilancia tecnológica y coordinación institucional, es posible que estos robos disminuyan y sus consecuen cias se controlen más rápido.


Por Sergio Torres Ávila


Lo he vivido. Sé lo que cuesta sostener los vatios en una pendiente larga, con el ánfora vacía y las piernas gritando y seguir, sólo por terquedad


Hay deportes que no se juegan: se resisten. No siempre se enfrentan a un rival, sino al cuerpo que cede, al tiempo que aprieta, a la montaña que impone. Subirla es una lucha muda. Las piernas arden. El aire falta. Bajarla es otra. Velocidad al límite, manos tensas, adrenalina entre curvas y árboles.


Me apasiona el ciclismo. Lo he vivido. Sé lo que cuesta sostener los vatios en una pendiente larga, con el ánfora vacía y las piernas gritando y seguir, sólo por terquedad.

Por eso valoro el esfuerzo brutal que realizan los locos profesionales del ciclismo. Cada año, sigo con fascinación la temporada de las grandes clásicas europeas. Pero este 2025, el Giro d’Italia (una de las tres grandes) fue distinto. Una edición escrita para la gloria del ciclismo mexicano, de una nueva generación de corredores, y de algo más profundo, la fuerza del espíritu humano cuando se convence de que está listo para desafiar lo imposible.


En el ascenso duro del sterrato, la terracería italiana, donde se enfrentan hombres y destinos, apareció un ciclista mexicano con apellido de animal salvaje y noble: Isaac del Toro. Un muchacho que no necesitó himnos ni aspavientos para embestir el éxito. Que logró un segundo lugar general que nos supo a primerísimo.


Llegó por primera vez, sin conocer el recorrido, cargando con el peso de venir de un país sin tradición ciclista. Tenía todo en contra. Venía a aprender, a sumar fondo, a sufrir. Estaba en el mejor equipo del mundo, sí, pero como gregario, como apoyo silencioso.


Y así como el toro no embiste por rabia, sino porque ha sido acorralado por el destino, Isaac pedaleó solo contra las estadísticas, contra la geografía y contra la historia. En el ciclismo profesional, las grandes vueltas no se ganan sólo con las piernas. Se ganan con el corazón y la mente, masticando el dolor a solas, regulando cada ataque, dosificando la cadencia, sin dejar de escuchar esa voz interna, la fuerza mental que le repite al cuerpo cansado: “un kilómetro más. Vamos, aguanta”.


En 2023, el mundo del ciclismo lo descubrió al ganar el Tour de l’Avenir, considerado el Tour de Francia de los jóvenes. Entonces su nombre empezó a sonar fuerte. Antes de este Giro 2025, figuras como Johan Bruyneel y Lance Armstrong ya hablaban de Isaac como alguien a quién seguir. Pero incluso los más experimentados quedaron sorprendidos cuando se apoderó de la maglia rosa, la camiseta del líder general, y la defendió durante once etapas, tomando la punta del pelotón, aguantando los ataques, respondiendo con piernas y corazón hasta que, en una épica batalla en la penúltima jornada, le fue arrebatada.


Lo más revelador no fue su desempeño, sino su reacción tras la derrota. Mientras en México muchos celebrábamos el segundo lugar general como una victoria, Del Toro respondió con claridad:


“La verdad no lo es. Y la verdad creo que es algo que los mexicanos debemos entender. No ganamos, fuimos los primeros en perder. No pasa nada, es bonito, y es bonito estar así de cerca, pero no ganamos.”


Una mentalidad así no se encuentra todos los días, y menos en un joven de 21 años. Un pensamiento realista, sereno y consciente. Sin duda, es una de sus armas más poderosas. Esa claridad le permitirá regresar con más convicción y experiencia para intentarlo nuevamente. A diferencia de lo que se creía antes del Giro, hoy Isaac del Toro no es una promesa: ya es una fuerza. Una fuerza que, como su apellido sugiere, embiste desde lo hondo. No se forjó en laboratorios de alto rendimiento, sino en las carreteras desérticas de Ensenada, sin grandes ascensos, sin apoyo logístico significativo, pero en un entorno suficientemente retador para curtir a un espíritu poderoso.


En el Giro de Italia, Isaac del Toro no solo embistió la montaña. Embistió al destino. A la topografía que parecía susurrarle: “hasta aquí llegas”. A los libros de historia que aún no llevaban su nombre. A los equipos y especialistas que jamás lo vieron venir. Y por eso, aunque el triunfo en esta competencia se le haya escapado prácticamente en la última pendiente de la Colle delle Finestre, ganó algo mucho más difícil, el respeto de quienes sabemos cuánto cuesta llegar, cuánto sufrimiento cobra la pasión por lo que amamos.


No todos nacen para el podio. La mayoría pedaleamos por amor al sufrimiento compartido, por esa paz que llega cuando la subida termina. Pero ver a alguien como Del Toro, nacido del mismo polvo, del mismo esfuerzo solitario, del puro amor al ciclismo, nos recuerda que desde las carreteras agrietadas de nuestro México también se puede tocar el cielo. Y eso, cómo no, nos llena de orgullo.


Isaac del Toro es una esperanza para México. Una esperanza con piernas, con temple, con humildad. Una esperanza que, en una montaña italiana y fundido en la magia rosa, embistió la gloria, se ganó el respeto del pelotón y la ovación del mundo.


Chapeau, Torito.

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