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La salida de la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, no fue un hecho aislado. Detrás de su destitución por parte del presidente Donald Trump se acumulan errores políticos, polémicas operaciones migratorias y cuestionamientos por gastos millonarios en campañas publicitarias que terminaron por fracturar la relación entre ambos.



La Casa Blanca lo resumió sin rodeos: la salida de Kristi Noem fue “la culminación de muchos fracasos de liderazgo”. Con esa frase, el gobierno de Donald Trump intentó cerrar un capítulo turbulento dentro del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), una institución clave en la política migratoria estadounidense.


Noem, quien llegó al cargo en 2025 tras haber sido gobernadora de Dakota del Sur, se convirtió rápidamente en una de las caras más visibles de la ofensiva migratoria del gobierno. Redadas mediáticas, videos con agentes federales y discursos de línea dura marcaron su estilo político. Sin embargo, esa estrategia de exposición pública terminó volviéndose en su contra.


Uno de los episodios más polémicos ocurrió tras una operación migratoria en Minneapolis en la que murieron ciudadanos estadounidenses durante un operativo de agentes federales. Noem defendió la actuación de las autoridades e incluso calificó a las víctimas como “terroristas domésticos”, lo que provocó una tormenta política y fuertes críticas en el Congreso.


Pero la controversia no se limitó a los operativos. Dentro del Capitolio comenzó a crecer la presión por el uso de recursos públicos en una campaña publicitaria de aproximadamente 220 millones de dólares promovida por el DHS. Los anuncios, que buscaban disuadir la migración irregular, tenían un detalle difícil de ignorar: la protagonista era la propia Noem, apareciendo en escenas de alto dramatismo, incluso montando a caballo frente al Monte Rushmore.


Durante audiencias en el Senado, Noem aseguró que el presidente Trump había aprobado el proyecto. El problema es que el propio Trump salió poco después a negarlo públicamente.“Nunca supe nada de eso”, declaró el mandatario en una entrevista, desmarcándose de la campaña.


Ese choque de versiones terminó de erosionar la confianza dentro de la Casa Blanca. Legisladores de ambos partidos ya cuestionaban el proceso con el que se otorgaron los contratos publicitarios, algunos de ellos vinculados a firmas con conexiones políticas.

Las críticas también alcanzaron otros gastos bajo su gestión, incluyendo proyectos para reacondicionar aviones privados del departamento y acusaciones de autopromoción política con recursos federales, lo que alimentó sospechas de uso indebido de fondos públicos.


A ese panorama se sumaron tensiones internas dentro del propio departamento, conflictos con otras agencias y cuestionamientos sobre su estilo de liderazgo, descrito por algunos funcionarios como caótico y excesivamente personalista.


Finalmente, el 5 de marzo de 2026, Trump anunció su salida y nombró como reemplazo al senador republicano Markwayne Mullin. Aunque el presidente elogió algunos resultados en materia migratoria, la decisión dejó claro que el problema no era solo la política aplicada, sino la forma en que se manejó.


Paradójicamente, Noem no desaparece del mapa político. Trump la reubicó en un nuevo cargo diplomático como enviada especial del programa regional de seguridad conocido como “Shield of the Americas”. Un movimiento que, más que castigo, parece una salida elegante para una funcionaria cuya gestión terminó envuelta en polémica.

El 1 de noviembre de 2025 quedará marcado como uno de esos días en que la violencia política, esa que no se libra en escritorios ni discursos, se instala brutalmente en el corazón de una ciudad. En pleno Festival de las Velas, en la plaza principal de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo Rodríguez, alcalde independiente de la ciudad, fue tiroteado en medio de la gente y murió minutos después en un hospital local. Tenía 40 años.



Manzo no fue un político como muchos otros. Desde su campaña y, sobre todo, desde que asumió el gobierno municipal en septiembre de 2024, decidió colocar su autoridad en contra del crimen organizado de forma frontal, denunció públicamente la infiltración de grupos como el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y Los Caballeros Templarios, y compartió en redes sociales operativos, decomisos de armas y resultados de detenciones, como la de René Belmonte “El Rino”, jefe de plaza del CJNG en la región.


Ese activismo incómodo para los intereses criminales marcó el camino de un hombre que terminó convertido en objetivo directo de ese mismo narco al que enfrentó.


Un ataque planificado y brutal


Según las autoridades estatales, el asesinato fue ejecutado por un grupo criminal con un plan calculado: un ataque kamikaze en medio de una multitud, con tiradores dispuestos a morir o ser detenidos para cumplir su objetivo.


El fiscal de Michoacán confirmó que Víctor Manuel Ubaldo Vidales, un joven de 17 años reclutado por el CJNG, fue identificado como el tirador, y el arma usada fue vinculada con otros crímenes recientes en Uruapan. Más aún, Omar García Harfuch, titular de la Secretaría de Seguridad, reveló que el plan original incluía a dos tiradores, y que además del adolescente abatido, otros dos miembros de la célula criminal implicados fueron encontrados muertos días después.


Además, autoridades han detenido a Jorge Armando “N”, alias “El Licenciado”, señalado como uno de los presuntos autores intelectuales ligados al CJNG (incluso con oferta de pago por el asesinato), así como a varios escoltas bajo investigación por omisión y posibles fallas graves en la protección del alcalde.


Este nivel de planificación y brutalidad no puede verse como un crimen aislado: es un mensaje directo de los grupos criminales hacia cualquier autoridad local que se atreva a desafiar su control territorial.


Un alcalde expuesto y una autoridad que falló


Manzo había advertido en múltiples ocasiones sobre las amenazas. En redes sociales, días antes de su muerte, documentó operativos y denunció que “estos hechos cobardes atentan contra la paz social y seguridad” de Uruapan. También había expuesto la muerte de sicarios en enfrentamientos y había llamado a reforzar la seguridad con apoyo federal y estatal.


A pesar de ello, y aunque contaba con escoltas y presencia de la Guardia Nacional, su solicitud de mayor respaldo nunca se tradujo en una estrategia integral que realmente mitigara el riesgo real y constante en Michoacán, uno de los estados más violentos del país y campo de disputa de múltiples cárteles.


La investigación incluso abrió una línea sobre una posible distracción en la seguridad del alcalde durante el ataque, aunque hasta ahora no hay evidencia concluyente de infiltración directa dentro de su escolta.


El crimen organizado como Estado paralelo


Lo que ocurrió en Uruapan no fue un simple homicidio. Fue la ejecución en pleno centro de una ciudad, ante cientos de civiles, de un alcalde electo que se atrevió a desafiar el statu quo criminal. Este tipo de atentados son símbolos de un poder que actúa como un Estado paralelo, capaz de decidir quién vive y quién muere, y de imponerse incluso sobre las autoridades públicas.


Especialistas han señalado que asesinatos políticos contra alcaldes no son eventos aislados en México, sino parte de un patrón más amplio en el que los grupos criminales buscan controlar gobiernos locales, influenciar políticas públicas y cooptar poder institucional a su favor. Y cuando el narco puede sentarse a decidir quién es políticamente inconveniente, el resultado no es solo muerte: es una intimidación permanente hacia cualquiera que aspire a hacer política independiente o confrontar su poder.


La muerte de Carlos Manzo pone en el centro una pregunta que México ha postergado demasiado tiempo: ¿es posible hacer política contra el crimen organizado sin pagar con sangre el intento?


La respuesta, cruda y dolorosa, revela que el actual esquema de seguridad y justicia aún no es suficiente para proteger a quienes deciden enfrentar frontalmente a los grupos criminales. La autoridad estatal y federal han condenado el homicidio y prometido justicia, pero la impunidad, el reclutamiento de jóvenes en “anexos” utilizados como semilleros de sicarios, y la capacidad de los cárteles para operar con audacia dentro de ciudades enteras muestran que el problema es estructural.


Hacer política en México no puede limitarse a discursos o condenas públicas. Requiere estrategias que reduzcan el reclutamiento criminal, fortalezcan el Estado de derecho y protejan activamente a quienes se arriesgan a cambiar la historia de sus municipios, sin que terminen como estadísticas más en la larga lista de políticos asesinados.


Carlos Manzo lo intentó. Pagó el precio máximo. El reto para México es no permitir que su sacrificio sea en vano.

Durante días, la versión oficial insistió en una idea simple: Estados Unidos actuó para liberar a Venezuela. La salida forzada de Nicolás Maduro, ejecutada mediante un operativo encabezado por Washington y celebrada por Donald Trump, fue presentada como un acto de justicia histórica contra un dictador señalado por corrupción, autoritarismo y vínculos criminales. El mensaje era claro: cayó el tirano, comienza la reconstrucción.



Pero en política internacional, las explicaciones simples suelen ocultar motivaciones complejas.


La operación en Venezuela no puede leerse únicamente como un acto de “ayuda democrática”. Su dimensión militar, el discurso posterior de Trump y, sobre todo, el énfasis inmediato en la inversión petrolera revelan que estamos frente a algo más profundo: una intervención con claros intereses estratégicos, económicos y geopolíticos, cuyos efectos trascienden por mucho las fronteras venezolanas.


El petróleo: la pieza clave del ajedrez


Venezuela no es cualquier país. Es, todavía hoy, uno de los territorios con mayores reservas probadas de petróleo en el mundo, un activo estratégico que ha definido su historia, sus crisis y su relevancia internacional. Durante años, ese petróleo fue el salvavidas del régimen chavista, pero también su carta de negociación frente a potencias que buscaban desafiar la hegemonía estadounidense.

China y Rusia entendieron eso antes que nadie.


En medio de sanciones y aislamiento, China se convirtió en el principal comprador del crudo venezolano, asegurando suministros energéticos a precios favorables y fortaleciendo una relación política que le permitió ganar presencia en América Latina. Para Pekín, Venezuela no sólo era un proveedor: era un punto de apoyo en el hemisferio occidental, una cuña incómoda para Washington.

Rusia, por su parte, apostó por una estrategia distinta pero complementaria: respaldo político, cooperación militar y acuerdos energéticos que le permitieron mantener influencia simbólica y estratégica en la región. Caracas se volvió, así, un enclave incómodo para Estados Unidos en su propio patio trasero.

La caída de Maduro altera ese equilibrio.


No es casual que, apenas anunciada la operación, Trump hablara de reactivar la industria petrolera venezolana con capital estadounidense, de abrir el sector a grandes petroleras occidentales y de redirigir el flujo del crudo. En términos geopolíticos, esto implica algo fundamental: desplazar a China y reducir la influencia rusa, arrebatándoles uno de sus socios energéticos más importantes en América Latina.

Aquí, el petróleo deja de ser un recurso económico y se convierte en un arma estratégica. Controlar su producción, sus contratos y sus rutas de exportación significa redefinir alianzas, castigar rivales y reforzar la posición estadounidense en un contexto global cada vez más polarizado.


Intervención con discurso moral


Estados Unidos no necesitó decirlo explícitamente. El mensaje fue implícito pero contundente: quien controle los recursos estratégicos controla también el futuro político. Y bajo esa lógica, la intervención en Venezuela se presenta como un precedente inquietante.


Porque el argumento humanitario, aunque tenga elementos reales, funciona también como coartada. Nadie niega que Maduro encabezó un régimen autoritario ni que millones de venezolanos padecieron sus consecuencias. Celebrar el fin de una dictadura puede ser legítimo. Lo problemático es confundir esa celebración con una aprobación automática del método utilizado.


La captura de un jefe de Estado mediante un operativo extranjero y la posterior reorganización de su sector energético bajo tutela externa no es un acto neutro. Es intervencionismo. Y en América Latina, esa palabra tiene memoria.


El precedente peligroso


Lo ocurrido en Venezuela abre una pregunta incómoda para la región:si Estados Unidos puede intervenir militarmente en un país bajo el argumento de liberar a su pueblo y, al mismo tiempo, reorganizar sus recursos estratégicos, ¿qué impide que este modelo se replique en otros escenarios?


Países con recursos clave, gobiernos incómodos o alianzas con potencias rivales quedan, de pronto, bajo una nueva lógica de riesgo. La soberanía deja de ser un principio absoluto y se convierte en una variable negociable frente a los intereses geopolíticos de las grandes potencias.


Ni aplauso ingenuo ni nostalgia autoritaria


Este análisis no pretende defender a Maduro ni romantizar su caída. Tampoco justificar los abusos de un régimen que empobreció a su población y cerró espacios democráticos. Pero tampoco se trata de aplaudir sin reservas una intervención que responde, en buena medida, a intereses energéticos y estratégicos ajenos al bienestar venezolano.


La historia latinoamericana enseña que cuando el petróleo entra por la puerta, la soberanía suele salir por la ventana. Y aunque hoy algunos celebren la caída del dictador, mañana podrían lamentar el costo político de haber cambiado una tutela por otra.


Venezuela, más que una liberación, es una advertencia. Y el resto de América Latina haría bien en leerla con atención.

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