La Tierra se extingue porque a alguien le conviene

Actualizado: 24 jul 2021

Por Carolina Estrada


Si la Tierra es el verdadero bien común no sólo de la humanidad, sino también de cuanta criatura viva se encuentra en ella, ¿por qué demonios no nos volcamos todos a dejar de seguir atentando contra ella ahora mismo? Simplemente parece ridículo que con todas las luces encendidas y las alarmas sonando por aquí y por allá, sigamos haciendo exactamente lo que sabemos que nos está matando: engullir combustibles fósiles y lanzar CO2 a la atmósfera, como si no hubiera un mañana.


Y es que no es sólo eso: al mismo tiempo que quemamos carbón y utilizamos petróleo indiscriminadamente, también acabamos con lo único que puede hacerle frente al calentamiento global: los árboles, el suelo, el océano. Pareciera como si la propia vida se nos fuera en ello y necesitáramos a toda costa seguir y seguir produciendo porque dejar de producir sí que significaría el colapso. Pero ¿es así de verdad? ¿Somos todos una bola de irresponsables a los que no les importa su destino y el de todos los que vamos a bordo de esta nave?


Con Madeira como ejemplo, Francisco Serratos cuenta como el colonialismo, iniciado poco antes de la conquista española en América, desató un proceso de cambio irreversible y brutalmente dañino para la Tierra en su conjunto, pero que está afectando mayoritariamente a esos países conquistados y cuyos territorios cambió de una forma tan drástica y brutal que aún siguen siendo vigentes -quizá más que nunca- los efectos de su devastación.


Y es que sí, sí es ilógico que nos estemos cargando al planeta y que no hagamos nada verdaderamente significativo ya no para resolverlo, sino para dejar de hacerlo. Es como si a bordo de una lancha o un barco, nos dedicáramos día a día a raspar la madera que lo conforma y quemarla para cocinar. Sí, es verdad, necesitamos cocinar, pero seguir usando la madera del barco no va a alimentarnos de ninguna manera en un futuro. ¿Será que en serio no hay otra manera de comer que no sea quemando la leña que nos abriga y nos protege a todos?


Entonces, ¿por qué seguimos haciendo lo que todos sabemos que va a terminar siendo nuestra ruina común? Simple: porque hay quienes están seguros de que la ruina no será común y de que incluso en la ruina podrán seguir obteniendo jugosas ganancias y explotando recursos que no les pertenecen. Y lo peor es que probablemente sea cierto.


¿A qué me refiero con esto? No conozco mejor persona para explicarlo que Francisco Serratos, quien además acaba de publicar un libro: El Capitaloceno. Una historia radical de la crisis climática, en el que detalla de manera pormenorizada y con una investigación impecable, la forma en que el capitalismo está acabando con los recursos de la Tierra, al grado de empujarnos a todos a la crisis climática que estamos viviendo. De acuerdo con su tesis, no es que el hombre como raza viviente sea el responsable integral de los problemas ecológicos que vivimos. En realidad, escondidos entre las masas, unos cuantos, a lo largo de los años, en un proceso que comenzó mucho antes de la Revolución Industrial, han propiciado que poco a poco todos nos veamos arrastrados a este problema.


Pero ojo, porque tampoco se trata de seguir consumiendo y produciendo basura como si no hubiera un mañana o como si el planeta entero se hubiera puesto en oferta sólo porque, en teoría, no todos somos culpables del colapso planetario. Para nada, se trata exactamente de lo contrario. El problema estriba en que precisamente para incrementar sus ganancias de manera exponencial, quienes han tenido el poder del capital basado en la extracción de recursos, han convertido al consumo en el ingrediente más importante de su ecuación. Y todo esto se remonta a la época de la expansión colonialista, como ya mencioné, cuando los conquistadores, comerciantes y nobles se dieron a la tarea de explotar desmesuradamente los recursos -humanos, animales y materiales- de alguna tierra indómita, para enviarlos como materia prima a los países productores, que desde entonces son quienes poseen la mayor parte de la riqueza del mundo.


El papel de las masas es doblemente importante aquí porque al mismo tiempo que se extraen recursos sobre los cuales nadie, estrictamente, podría reclamar su propiedad -¿a quién le puede pertenecer el oxígeno que producen los árboles, por ejemplo?-, se imponen modos de vida y modelos a seguir que propician el consumo desmesurado y ciego. Los ejemplos sobran, pero tomemos uno: el consumo de carne. No es que todos necesitemos estrictamente el pollo, la res o el cerdo para seguir existiendo. La humanidad prosperó sin estos alimentos mucho antes de su industrialización. Es el mercado el que los ha escogido como objetos de consumo por sus ventajas para ser producidos de manera masiva sin importar el sufrimiento o el horror que tal industria pueda desatar -¿recuerdan la esclavitud? Sí, era un negocio-. De tal forma que también se encarga de hacerle creer al mundo que la carne -precisamente de estos animales-, es un bien fundamental para el desarrollo de cualquier ser humano. La realidad es que antes de la llegada de los españoles y sus animales de granja, en México se consumían alimentos ricos en proteína y otros nutrientes que no provenían de esos animales, aunque hoy sean altamente consumidos en nuestro país. Sin embargo, es difícil convencer a cualquier persona que va al supermercado, compra y cocina carne todos los días de que no va a morir de hambre o a desnutrirse si busca otras fuentes de alimentación porque, además, todo el sistema social y económico en que vive -y que se expande exponencialmente con el crecimiento de las urbes-, lo empuja a comer las mismas cosas, vestir igual o usar las mismas cosas que visten, comen y usan todos -aunque pensemos que no es así.


El problema además es que todo esto se realiza bajo la mirada cómplice y dócil de los gobiernos de cualquier país. Ejemplos sobran. Sin importar el sistema político que ostenten. Ser de derecha o de izquierda no impide que cualquiera escape de los mecanismos del capitalismo. A pesar de su “desarrollo” económico y social, en Noruega, bajo la mirada del gobierno o a veces a escondidas, los glaciares son mutilados de manera constante para venderse como artículo de lujo que flota en las bebidas de la gente más adinera de Dubai, por ejemplo.


No es casualidad que haya quienes todavía vean en los hidrocarburos el futuro, aún cuando los hidrocarburos están significando la ruina de aquellos que precisamente menos tienen, pero que tenían el mayor bien común de todos: la Naturaleza. De hecho, es bastante sospechoso que cualquiera que diga que busca el bien común lo haga a costa de la salud y el bienestar del planeta, porque precisamente el planeta es el único bien común. Bajo esta óptica, gobiernos populistas o neoliberalistas, de derecha o de izquierda, que operan dando facilidades a la explotación de recursos o buscando su explotación ellos mismos bajo el entendido del enriquecimiento nacional no sólo son obtusos y cortos de miras, sino además mentirosos y muy sospechosos.


¿De verdad esta pandemia era cuestión de suerte? ¿De verdad necesitamos el turismo espacial cuando el turismo vía aérea ya está provocando que las emisiones de CO2 colapsen nuestra atmósfera? ¿De verdad son esos Tomahawk tan deliciosos e indispensables como pensamos ahora que están de moda? Hay un montón de cosas que deberíamos preguntarnos antes de seguir como estamos, porque el futuro parece más oscuro de lo que ya es el presente si seguimos sirviendo al mercado como hasta ahora lo hemos hecho. Con recursos cada vez más escasos, con espacios naturales cada vez más escasos, los ganadores serán unos pocos, los privilegiados serán muy pocos. Las migraciones climáticas ya han comenzado y las fronteras ya empiezan a cerrarse.