COVID 19: LA MUTACIÓN EMOCIONAL

Por: Sergio Anzaldo

Soy responsable del timón, pero no de la tormenta…

JLP

Parece más factible que pase un camello por el hoyo de una aguja, a que logremos dar un paso para acercarnos al sueño de Luigui Ferralloli de generar una Constitución de la Tierra defendida por un Estado Global. De hecho, considerando el impacto emocional del coronavirus lo que más bien se atisba en el horizonte es una suerte de nueva edad media: un mundo desgajado, atrincherado en el miedo, la ignorancia y la incertidumbre.


Esta caprichosa analogía sirve para ilustrar la disyuntiva política que plantea el reto del COVID-19 a los 194 países reconocidos actualmente. Se tiene la oportunidad de caminar hacia un más razonable y sustentable orden mundial; o bien, de optar por el clásico sálvese el que pueda, desandando un buen trecho de la racionalidad que hasta ahora se ha construido en la convivencia mundial.



Me parece que el ánimo social que causa la pandemia nos conduce más por el derrotero del temor social y el aislacionismo político que hacia la templanza, sensatez y prudencia indispensables para hacer un frente mundial al virus común. Lo que no augura un final feliz.


La filia


Aristóteles es culpable de esta catastrófica conclusión. En su Política asegura que la argamasa de toda comunidad es la filia, es decir, el sentimiento de amistad y solidaridad que parte del principio de que únicamente es posible sobrevivir como individuo y como especie en comunidad. Para que esta filia predomine socialmente debe prevalecer un ambiente de confianza entre los propios integrantes de la comunidad.


En una democracia, por ejemplo, no sólo se requiere de la confianza social frente al andamiaje institucional y los procesos políticos, sino también debe permear en la interacción social de todos los integrantes de la comunidad entre sí, o por lo menos en la mayor parte de ellos. Este clima de confianza social se precisa para que el respeto y la tolerancia, la pluralidad y la libertad se constituyan en la base del debate político que logre generar acuerdos sociales con la fuerza necesaria para normar tanto la lucha política, materializada en una forma de gobierno específica, como la propia convivencia social.


La ira


Cuando en una democracia esta confianza social se distorsiona y es desplazada, digamos por el enojo, las consecuencias se hacen sentir de inmediato. Emergen fenómenos como el de los indignados, el brexit, los outsiders como Macron o como el mismo Trump, los radicales de derecha tipo Bolsonaro, o de izquierda modelo Maduro; y se acelera la velocidad de la alternancia política a tal grado que no da tiempo para cuajar proyecto político alguno: México, España y Argentina dan cuenta de ello. El solo título del libro La edad de la ira de Pankaj Mishra es más que elocuente sobre la prevalencia de este ánimo social en el inicio del siglo XXI.


El miedo


Con el COVID-19 esta rabia social está siendo rápidamente desplazada y potenciada por el miedo. Es el tema de nuestro tiempo. Pero ya no es el miedo a un diablo externo que se puede plasmar en gárgolas fuera de las iglesias a manera de conjuro y que, por cierto, sirvió como sustento de la monarquía y el papado porque impelía buscar la salvación en una iglesia o en un territorio seguro.


El de ahora es un miedo diferente. Hoy no sólo le tememos al otro, al extraño, sino también a nuestra propia comunidad: al vecino, al compañero de trabajo o al integrante de la familia que regresa de la calle. En el colmo de la paranoia, nosotros mismos nos volvemos sospechosos de haber sido contagiados con el famoso coronavirus sin habernos dado cuenta. Y claro, la confianza social se va derritiendo como mantequilla en un día soleado. Hoy sufrimos de un miedo global, como lo calificó Gustavo Lins Ribeiro en artículo recientemente publicado en El Universal.



El acto de fe


Por si fuera poco, este miedo global es azuzado por la vasta, interesada y contradictoria información de las redes sociales. A manera de ejemplo recordemos que ni siquiera los científicos y los gobiernos se ponen de acuerdo con el uso del tapabocas o de las pruebas rápidas. Para unos son indispensables, para otros no tanto y para otros dependiendo del momento específico de la evolución de la epidemia. A menos que uno tenga el conocimiento práctico y la capacidad técnica para verificar científicamente los resultados del uso del cubre bocas o de las pruebas rápidas, no nos queda más remedio que hacer un acto de fe con la versión que más seguridad emocional nos produzca.


La rabia


Este miedo social, global y desorientado, también está haciendo sinergia con la rabia social de ciertos sectores económicos y segmentos de la población que no se sienten apoyados por sus respectivos gobiernos para enfrentar el repentino y vertiginoso deterioro de su vida económica que está produciendo el coronavirus. Ante la incapacidad financiera de los gobiernos de apoyar al cien por ciento de su población, más bien parecen apostar por sus aliados y por sus bases electorales, y ya luego los que alcancen. Es evidente que aquellos segmentos económicos y sociales no contemplados en la receta gubernamental se van a encabronar, y harto. Esta sinergia es altamente explosiva y, con seguridad, ningún gobierno saldrá ileso.


México


En México la volátil emoción social ya ha hecho de las suyas. El susto por el asesinato de Colosio le dio a Zedillo una victoria incuestionable. Fox se valió de la rabia social para sacar al PRI de los Pinos, y del miedo para mantener al PAN en el poder. El PRI regresó por la esperanza de disfrutar algo de la abundancia del primer mundo. Y AMLO llegó por la frustración y el coraje social de que solo unos cuantos disfrutaron de esa abundancia prometida.


Hoy nadie la tiene fácil y menos AMLO. Al miedo global le está sumando el enojo del sector de la economía formal, que si bien genera el 77.5% PIB, representa el 43.3% de la población, por apoyar al 56.7% de la población que vive en el sector informal y que apenas genera el 22.5% del PIB, para salir de la crisis económica producida por el COVID 19. Está frente a una suerte aporía: No hay lana para ayudar a todos y ayudar a un sector significa no estar en condiciones de ayudar al otro.


La fragmentación


Las relaciones sociales tamizadas por el miedo global y la rabia sectorizada en todo el mundo, sin duda, van a alterar la convivencia social y la correlación de fuerzas políticas y sociales desde la célula básica de la organización social, es decir, la familia, hasta el destino de los estados modernos y su forma de interacción e integración. Los nacionalismos ya están siendo amenazados desde su interior por los movimientos separatistas.


Acaso nadie sea responsable de la tormenta, pero sí hay 194 capitanes a cargo de sus timones que serán responsables de la fragmentación, dispersión y aislacionismo en caso de que cada uno continúe por su ruta, únicamente siga viendo por sí mismo y jale por su lado. Aún hay tiempo de apuntar los timones hacia un puerto compartido a fin de salir con los menores daños posibles de la mutación emocional producida por el pinche coronavirus y se esté en mejores condiciones de enderezar los barcos.

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