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Petróleo, poder y precedentes: Venezuela como advertencia para América Latina

  • marcomiranda75
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Durante días, la versión oficial insistió en una idea simple: Estados Unidos actuó para liberar a Venezuela. La salida forzada de Nicolás Maduro, ejecutada mediante un operativo encabezado por Washington y celebrada por Donald Trump, fue presentada como un acto de justicia histórica contra un dictador señalado por corrupción, autoritarismo y vínculos criminales. El mensaje era claro: cayó el tirano, comienza la reconstrucción.



Pero en política internacional, las explicaciones simples suelen ocultar motivaciones complejas.


La operación en Venezuela no puede leerse únicamente como un acto de “ayuda democrática”. Su dimensión militar, el discurso posterior de Trump y, sobre todo, el énfasis inmediato en la inversión petrolera revelan que estamos frente a algo más profundo: una intervención con claros intereses estratégicos, económicos y geopolíticos, cuyos efectos trascienden por mucho las fronteras venezolanas.


El petróleo: la pieza clave del ajedrez


Venezuela no es cualquier país. Es, todavía hoy, uno de los territorios con mayores reservas probadas de petróleo en el mundo, un activo estratégico que ha definido su historia, sus crisis y su relevancia internacional. Durante años, ese petróleo fue el salvavidas del régimen chavista, pero también su carta de negociación frente a potencias que buscaban desafiar la hegemonía estadounidense.

China y Rusia entendieron eso antes que nadie.


En medio de sanciones y aislamiento, China se convirtió en el principal comprador del crudo venezolano, asegurando suministros energéticos a precios favorables y fortaleciendo una relación política que le permitió ganar presencia en América Latina. Para Pekín, Venezuela no sólo era un proveedor: era un punto de apoyo en el hemisferio occidental, una cuña incómoda para Washington.

Rusia, por su parte, apostó por una estrategia distinta pero complementaria: respaldo político, cooperación militar y acuerdos energéticos que le permitieron mantener influencia simbólica y estratégica en la región. Caracas se volvió, así, un enclave incómodo para Estados Unidos en su propio patio trasero.

La caída de Maduro altera ese equilibrio.


No es casual que, apenas anunciada la operación, Trump hablara de reactivar la industria petrolera venezolana con capital estadounidense, de abrir el sector a grandes petroleras occidentales y de redirigir el flujo del crudo. En términos geopolíticos, esto implica algo fundamental: desplazar a China y reducir la influencia rusa, arrebatándoles uno de sus socios energéticos más importantes en América Latina.

Aquí, el petróleo deja de ser un recurso económico y se convierte en un arma estratégica. Controlar su producción, sus contratos y sus rutas de exportación significa redefinir alianzas, castigar rivales y reforzar la posición estadounidense en un contexto global cada vez más polarizado.


Intervención con discurso moral


Estados Unidos no necesitó decirlo explícitamente. El mensaje fue implícito pero contundente: quien controle los recursos estratégicos controla también el futuro político. Y bajo esa lógica, la intervención en Venezuela se presenta como un precedente inquietante.


Porque el argumento humanitario, aunque tenga elementos reales, funciona también como coartada. Nadie niega que Maduro encabezó un régimen autoritario ni que millones de venezolanos padecieron sus consecuencias. Celebrar el fin de una dictadura puede ser legítimo. Lo problemático es confundir esa celebración con una aprobación automática del método utilizado.


La captura de un jefe de Estado mediante un operativo extranjero y la posterior reorganización de su sector energético bajo tutela externa no es un acto neutro. Es intervencionismo. Y en América Latina, esa palabra tiene memoria.


El precedente peligroso


Lo ocurrido en Venezuela abre una pregunta incómoda para la región:si Estados Unidos puede intervenir militarmente en un país bajo el argumento de liberar a su pueblo y, al mismo tiempo, reorganizar sus recursos estratégicos, ¿qué impide que este modelo se replique en otros escenarios?


Países con recursos clave, gobiernos incómodos o alianzas con potencias rivales quedan, de pronto, bajo una nueva lógica de riesgo. La soberanía deja de ser un principio absoluto y se convierte en una variable negociable frente a los intereses geopolíticos de las grandes potencias.


Ni aplauso ingenuo ni nostalgia autoritaria


Este análisis no pretende defender a Maduro ni romantizar su caída. Tampoco justificar los abusos de un régimen que empobreció a su población y cerró espacios democráticos. Pero tampoco se trata de aplaudir sin reservas una intervención que responde, en buena medida, a intereses energéticos y estratégicos ajenos al bienestar venezolano.


La historia latinoamericana enseña que cuando el petróleo entra por la puerta, la soberanía suele salir por la ventana. Y aunque hoy algunos celebren la caída del dictador, mañana podrían lamentar el costo político de haber cambiado una tutela por otra.


Venezuela, más que una liberación, es una advertencia. Y el resto de América Latina haría bien en leerla con atención.

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