La ciencia no es absoluta

Por: Carolina Estrada

Así, “al chile”, ¿quién no ha caído o por lo menos ha dudado por más de 5 minutos ante algún mensaje enviado mediante videos, cadenas, etc., de todo tipo, en el que se dan recetas infalibles y casi milagrosas para evitar o hasta curar el COVID-19 en estos días? Seamos honestos, no sólo la tía manda cadenas para informar a todos que el orégano es la respuesta para curar lo que sea que nos haga daño o que un científico chino ya reveló la verdadera naturaleza del COVID-19 y cómo tratarlo, pero “a alguien no le conviene y por eso no se ha hecho del dominio público en un medio confiable”. Todos, en algún momento, más allá de esta crisis, hemos caído presas de la desinformación o la salida fácil. Y ese pareciera ser el común denominador del pensamiento en la sociedad actual pero, ¿a qué se debe que seamos tan crédulos a pesar incluso de preciarnos de ser personas informadas, a pesar de tener tanta información literalmente al alcance de la mano?


Quizá porque para poder subsistir necesitamos certezas, necesitamos un cúmulo de conocimientos que nos garantice cierta seguridad o ciertos referentes que respondan a los problemas diarios que nos presenta la vida. Y es precisamente en estos días que más cerca estamos de la ciencia o que nos vemos más interesados en ésta -pero ojo, porque esto de ninguna manera implica que hayamos logrado tener un pensamiento más científico.

¿No es la conferencia de salud de las 7, con el famosísimo doctor López-Gatell uno de los programas con más rating de las últimas semanas? ¿Y será que la señora o el joven o el señor y la señorita que miran ese programa, lo hacen para satisfacer su curiosidad innata y obtener respuestas a sus dudas, como hace un investigador que recaba información para desentrañar un enigma? Probablemente sí, pero es mucho más probable que no. Lo que se busca son certezas, no ciencia. Y hay que reconocerlo: la ciencia está muy lejos de ser absoluta para dar certeza.

¿Por qué? Porque la base, la esencia misma de la ciencia, es la anomalía, la excepción, el cambio constante de un paradigma que nace para derribar otro hasta que el siguiente venga a hacer lo mismo.


“La meta de la ciencia normal no son los descubrimientos sino el esclarecimiento del statu quo; además, tiende a descubrir aquello que espera descubrir; sin embargo, los descubrimientos no se dan cuando las cosas salen bien, sino cuando se salen del camino, son cosas nuevas que vienen de los lugares menos esperados; en otras palabras, lo que parecería ser una anomalía […] tendemos a ver aquello que esperamos ver, incluso si no está ahí”

En pocas palabras, la ciencia busca desentrañar lo que se espera desentrañar, encontrar lo que se busca. Sin embargo -hay que recalcarlo-, el verdadero camino de la revolución científica es aquello que no esperamos encontrar, eso es lo que más transforma a la ciencia y el conocimiento que la humanidad tiene de su medio, aunque se trate de algo que muy pocas personas estén preparados para aceptar. Por eso, quizá, preferimos creer que el orégano -y no estoy diciendo que no lo haga, en realidad-, va a aliviar nuestros problemas antes de esperar 9 meses o más a que una vacuna se desarrolle o que la investigación científica complete toda una serie de protocolos para desentrañar a profundidad la naturaleza del COVID-19 -por poner un ejemplo.

Contrario a lo que podría esperarse, con tanta información no nos hemos vuelto más críticos, sino todo lo contrario, somos presas más fáciles de los timos, de la manipulación. Hoy, cuando los mensajes se distribuyen con tanta rapidez, cuando la comunicación es inmediata y contamos con tanta información, somos más susceptibles de creer lo que queremos creer y no aquello que en realidad puede ser el verdadero camino para desentrañar la verdad.

La ciencia, aunque es un camino más confiable que el sentido común o el conocimiento común, es una herramienta que requiere tiempo, recursos y el esfuerzo constante y abnegado para encontrar la verdad donde quizá no queremos encontrarla. Por eso, la verdadera ciencia no es una respuesta popular. Populares son los mensajes alarmistas, las respuestas milagrosas, las proclamas y las arengas “apantalladoras”, que buscan resolver los problemas de las personas comunes aquí y ahora. Decir que el Cambio Climático no existe y que en realidad es una forma de manipular la economía, es creíble -aunque salten a la vista todos los indicadores que nos muestran el problema que estamos causando al planeta con nuestro estilo de vida-, porque nos permite tener la certeza de que nuestro estilo de vida puede seguir intocable.


No es de extrañar para nada que cualquiera se crea con el derecho a distribuir información no confirmada, lo importante es distribuir certezas, es compartir y hacer el buen servicio a la comunidad de darle su píldora de tranquilidad para que crea lo que quiere creer o para que dude de la información confirmada. Y eso todos lo sabemos, pero lo que quizá no es tan obvio es que la propia ciencia no es un absoluto y que lo que realmente hace a un espíritu crítico ser tal, no es su conocimiento o confianza en la ciencia, sino la capacidad que se tenga para aceptar más tarde o más temprano la anomalía, aquello que cambia todo lo que sabíamos o esperábamos entender, sea o no científico.

¿Qué estamos obteniendo de esta crisis? Entre muchas otras cosas, muy probablemente la caída de nuestras certezas, la confirmación de que ni todo el conocimiento humano, ni toda la tecnología y recursos con que contamos son suficientes para detener un virus que nos tiene a todos confinados y que hoy más que nunca, necesitamos desarrollar nuestra capacidad crítica incluso más allá de lo que diga el Estado, porque ni el Estado mismo puede protegernos por completo y ahí es donde viene la importancia de la responsabilidad personal. Si no tenemos certezas, ¿es válido negar la información que nos presentan tanto como creerla a ciegas? ¿Es válido caer o inventar teorías conspiratorias para romper un orden que podría salvarnos a todos? Si no tenemos certeza, si no hay una investigación que demuestre fielmente lo que vamos a compartir, si incluso transgrede ya no sólo el statu quo, sino hasta la lógica, no debemos distribuir esa información por más bien que pensemos hacerle a otros. Hoy, cuando vemos a ciudadanos de países que han luchado incansablemente por la libertad y los derechos humanos, entregar sin más su libertad ante la mínima necesidad de protección o cuando vemos a otros ciudadanos correr riesgos infames porque no confían en la autoridad, es cuando urge ser más críticos, dudar y velar por la salud de los demás. Usemos el conocimiento que sí tenemos para cuidarnos, pero también para hacernos preguntas más inteligentes, más valientes.

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