Transparencia corporativa y Cuarto Poder: los pendientes de la era digital

Por: Abraham Eleno


Pocas instituciones fuera del Estado han logrado acumular el nivel de influencia y poder que concentran los medios de información en las sociedades modernas y más aún en las sociedades teledirigidas.


Desde que se tiene antecedentes de formatos e instrumentos de información encargados de divulgar información relevante para un sector amplio de las sociedades, estos medios han estado de algún modo u otro relacionados con el poder político, y más recientemente cuasi pares de éste, a tal grado de ser encumbrado extraoficialmente como el Cuarto Poder.



No es poca cosa que los medios hayan sido reconocidos como actores de peso en la relación de fuerzas del poder público y, posicionarse a un costado de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, solo les abrió una línea directa con las altas esferas del Estado y del poder económico y cultural.


La penetración hacia los otros escalones del poder en México, alcanzó su punto más álgido en esta simbiosis cuando el duopolio televisivo de señal abierta del país, logró imponer o cooptar en el legislativo y judicial a un grupo de testaferros y familiares, que impulsó sus intereses hasta conseguir la aprobación de reformas ni más ni menos que a dos legislaciones federales -la de Telecomunicaciones y la de Radio y Televisión- para fortalecer aún más a las grandes cadenas de comunicación, dificultando la competencia en el sector y dejando de lado los derechos de las audiencias a información veraz, de cara a unas elecciones federales que se caracterizaron por una guerra sucia mediática que, más allá de fobias y filias, pasará a la historia de la democracia en el país por los motivos equivocados.


La llamada Ley Televisa es sin duda una muestra clara de cómo el poder de influencia de los medios masivos de información, puede llevarles a obtener un lugar privilegiado a la vera del poder político, económico y cultural, pero tener los números para legislar está lejos de ser una de sus mayores capacidades.


Durante años, estos medios que florecieron al amparo del poder político y económico, tuvieron la tarea de ofrecer una visión de la realidad que permitiera niveles aceptables de gobernabilidad.


Ya sea creando, editando, reinterpretando, omitiendo o de plano censurando información de interés nacional, los medios de información masivos fueron un factor de gran importancia en la comunicación social del estado mexicano con una ciudadania incipiente, que difícilmente entendía por completo las implicaciones del crecimiento del PIB, de las variaciones en el IPC, de fluctuaciones anuales en la inflación y de cómo la paridad peso-dólar afecta al valor de la canasta básica y los factores macroeconómicos; todo esto mientras se dedicaban a la creación de contenidos "para jodidos".



De vez en cuando se toleraba cierto grado de crítica más o menos controlada y moderada, que permitía en alguna medida perfeccionar y aceitar la compleja maquinaria estatal, pero estuvo lejos de plantear una oposición mediática significativa contra la visión única, siendo comúnmente absorbida por el Estado o silenciada de distintas formas, sobre todo si llegaba a “radicalizarse”.


En esta relación sin ataduras ni reglas entre el Cuarto Poder y los demás factores políticos, sociales y económicos del país, esta nueva fuerza encontró muy poca resistencia que pudiera significar un contrapeso real a su visión del país y los temas que debían ser prioritarios para el país.


Durante esta repartición del control social, los Poderes de la Federación + 1 se acostumbraron a actuar sin demasiada transparencia, después de todo, tenían control total sobre la versión oficial; por lo que el secretismo y el pobre debate de ideas que contrapuntearan las visiones que se volvían predominantes por medio de su repetición, pasaron a formar parte del propio sistema.


Mientras tanto, los vaivenes del sistema internacional evolucionaban hacía una serie de estándares de calidad y rendición de cuentas en la administración pública, que pronto se volvieron candados para acceder a los financiamientos y programas de los organismos y fondos supranacionales.


De este modo la transparencia llegó al país y los tres clásicos poderes de la federación fueron empujados a adquirir compromisos sobre su manera de gestionar recursos públicos y la forma de comunicar y hacer accesibles estos datos a la ciudadania y actores clave fuera de las instituciones gubernamentales. El primer gran reto de esta tarea no consistió en divulgar la información, sino en generarla y sistematizarla, en una maquinaria estatal acostumbrada a la discrecionalidad y la opacidad.


Así, en tanto los poderes formalmente constituidos eran arrastrados hacía la nueva Cultura de la Transparencia y Rendición de Cuentas, el Cuarto Poder supo sacar ventaja de su poco regulada influencia y su posición preponderante alejada formalmente de las instituciones del Estado.


Con un poder de facto innegable, separado de múltiples figuras y limitaciones jurídicas de la investidura constitucional: mientras la triada clásica se limitaba a hacer públicamente sólo aquello que sus facultades le permitían, los grandes medios se dieron vuelo poniendo a prueba los límites de las regulaciones en telecomunicaciones, haciendo todo aquello que no estaba expresamente prohibido, entregando grandes dividendos a sus aliados e intereses.


La irrupción de las nuevas TIC’s, la explosión del internet móvil y las redes sociales, ayudaron a evidenciar y romper el cerco informativo que imponían los monopolios de la comunicación, que unas veces replicaban el discurso oficial y otras minimizaban las críticas a esta versión, ayudando a la difusión de la verdad histórica y a la desacreditación de una oposición, que apenas soñaba con el derecho de replica desde los foros, estudios o páginas de sus detractores.



La democratización de los medios digitales permitió documentar y difundir masivamente otras “partes” de la realidad que las televisoras y los medios más tradicionales se ocupaban de omitir o que, por patrocinios o ideologías, no tenían cabida en las agendas de comunicación de estos grandes consorcios, protectores del statu quo.


Fue así como los monopolios informativos tradicionales quedarían poco a poco rebasados por unas pujantes redes sociales que tenían en su esencia una gran apertura, transparencia y autenticidad, esto sin mencionar que contaban con públicos que exigían mucho mayor rigurosidad con la información y que ya tenían la capacidad de contrastar al momento los datos que les ofrecían, algo que las grandes cadenas televisivas, radiofónicas y medios impresos simplemente no habían experimentado y que pronto las dejó fuera del nuevo ‘juego’ de la comunicación digital.


De a poco las barras noticiosas comenzaron a dedicar tiempo a lo que era relevante en las redes sociales; la era digital los había sobrepasado, la parrilla de contenidos salió de su control y conforme perdían credibilidad y audiencia, aumentaban sus referencias al mundo digital, a lo que marcaba tendencia en redes sociales, a lo viral: habían dejado de comprender a sus potenciales audiencias y sus necesidades informativas.


Así ocurrieron los primeros tropiezos del Cuarto Poder en su migración hacia la era digital, misma que pronto dejó atrás la novedosa comunicación 2.0 para sumergirnos en una etapa de posibilidades infinitas, de múltiples interpretaciones, de subjetividades: la era de la posverdad.


Si ya hablábamos del rezago que significó para las grandes cadenas informativas la irrupción de las comunicaciones digitales 2.0, el siguiente paso en la interacción y generación de contenidos no ha sido mejor para los ‘malos, por conocidos’ medios tradicionales que se niegan a morir.


Y ahora, cuando por fin parecía que el Cuarto Poder encontraba su lugar entre un mar de medios independientes con mayor credibilidad pero menor presupuesto que los llamados ‘chayoteros’, el rápido cambio de paradigma les ha dado justo en la cara (sí, de nuevo), porque en la era de las comunicaciones digitales 3.0, no sólo tienes que interactuar con tu audiencia y alinearte a sus preferencias, sino que también debes ser capaz de entablar un debate con tus consumidores, refutar contenido creado por tus propias audiencias, y alinearte no sólo a las preferencias, sino también a los valores de tus interlocutores.


Está transformación en la relación entre las audiencias y los creadores de contenido, puede terminar con un viraje hacía una etapa de transparencia más radical que implicaría a los grandes agentes económicos y sociales a nivel mundial, y regularía de manera más restrictiva las obligaciones sociales y jurídicas del sector empresarial e informativo, al menos cuando actúe políticamente o busque influir en la opinión pública.


Esto ya comenzó con los recientes cambios a las responsabilidades de los administradores de redes sociales digitales, quienes al implicarse directamente en la discriminación de información que puede ser publicada en sus plataformas, actúa como un inflúyete aparato que puede censurar contenidos sin justificaciones ni estándares claros, algo que puede ser utilizado como una potente arma de manipulación de la información, la opinión pública y los mercados.


Por otro lado, la rendición de cuentas ante las autoridades es algo que ya ha tenido que hacer el desarrollador, director y accionista de Facebook, Mark Zuckerberg, principalmente para aclarar la forma en que la red social maneja la información personal de sus usuarios, reconociendo de este modo el nivel de alcance e influencia del consorcio privado, que podría ser impedido de vender publicidad electoral durante los periodos electorales en distintos países del mundo.


En este sentido, Facebook también ha realizado actualizaciones en la forma en que comercializa los espacios publicitarios dentro de su red, pensando en transparentar la información sobre publicaciones patrocinadas o con contenido colaborativo, en un intento por asegurar el derecho a la información de sus usuarios, permitiendo que estos puedan tomar decisiones más racionales sobre el tipo de contenido que consultan y las intereses detrás de las marcas que consumen.



Este tipo de medidas podrían comenzar a ser un estándar para las grandes industrias, que recientemente parecen mostrar un activismo político mucho más público y participativo, principalmente vinculado con el financiamiento de actores políticos y agendas económicas, cuando no a postulaciones directas de miembros de la propia elite empresarial.


Definitivamente la industria de la información masificada en el país no está preparada para un cambio de paradigma aparentemente radical, considerando las regulaciones sobre medios digitales que existen actualmente.


Las medidas en contra de la corrupción y el crimen organizado, pueden ser un buen pretexto para transparentar los vínculos de los grandes capitales privados y los medios de información con los grupos e intereses que se disputan el control político, económico, social y cultural de un país.


Definitivamente una propuesta en el sentido de transparentar determinada información sobre patrocinios e ingresos de los grandes medios informativos no sería desperdiciada para señalar censura y restricción al derecho de libre expresión y de información del mismísimo pueblo.


Actualmente las simples correcciones informativas o los cuestionamientos a los intereses detrás de la agenda de la prensa y los medios tradicionales, ha traído ríspidos episodios entre el Ejecutivo y el sobreviviente Cuarto Poder, aún negado a dar el salto completo a la dinámica comunicacional de la posverdad.


No debemos menospreciar la influencia de estos medios, pues aunque el cetro político cambio, el Cuarto Poder continúa en manos de los mismos intereses que ayudaron a legitimar el modelo anterior, hoy en oposición.


Queda por ver si una reforma en el sentido de regular las responsabilidades de los medios de comunicación puede ayudar a combatir la infodemia y el cada vez mas utilizado recurso de las Fake News; de lo que no hay duda es que abonará a la credibilidad de la prensa en la intensa era de la información digital post COVID-19, que promete demandar mayor transparencia a gobiernos, ONGs, organismos internacionales y supranacionales y la llegada de la nueva transparencia corporativa, una evolución a la que también se espera que se sume tardíamente y no con poco escándalo, el cada día menos potente Cuarto Poder.

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